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Scioli, la gran Mandela.

18/11/2012

Para algunos hay necesidad y para otros abuso del análisis político como crítica semiótica. La cosa es que ni los primeros se fijarían en este signo (por que minimizan la inteligencia del que lo reivindica), ni los segundos, por definición, le darían importancia (total lo que importa es la fuerza, razonan los gorilas contra los chimpancés). Sin embargo la posición Mandela, avanzada por Pepe, el hermano de Daniel Scioli, parece mas interesante, y más productiva políticamente (para ellos), de lo que se quiere creer toda vez que, a Daniel, se le atribuye repetición, superficialidad, suerte y capital electoral, sin analizar a santo de que podría venir ese último don. Solo se trata de ver en que nivel realiza sus jugadas y hallar en el un exquisito lector de los estados de ánimo de la sociedad.
En el radio más amplio de opinión posible la movida es habilidosa. El amplísimo criterio de reclutamiento y seducción que se impone Scioli se juega al máximo: se prodiga hacia todos los “extremos”: atrae a los que cansados de la guerra de la polarización prefieren otros tonos (no solo a las clases medias altas, que llaman consenso a la imposición de sus aprioris, sino también a todos los votantes de la amplísima camada de clase media no ideologizada que habita en AMBA, de Parque Patricios a La Matanza y de Lomas de Zamora a Tres de Febrero, y tiene demasiados frentes abiertos como para querer más y más batalla cultural). El vacuo optimismo del gobernador adquiere un grado mayor de determinación si se subraya que “Mandela” en Argentina no significará cualquier moderación.
Con la perversidad que será fijada su lectura, el símbolo será mas equivalente a conciliación que a una estrategia pacífica, pero radical, de combate de la desigualdad (en esa lógica será leído como si la ruptura del statu quo racista hubiese sido una moderación del apartheid -y no como lo que fue: la apertura de su desmantelamiento institucional -más allá de que las conciliaciones económicas realizadas en Sudáfrica ayuden a mantener un apartheid social). Así el centrismo declarativo de Scioli se verá cualificado como portador de los matices sagrados de la incomodidad utópica posible en las más amplias audiencias: un sueño difusamente igualitario e inclusivo (poco en comparación con los que el Kircherismo suele definir cuando le da voz a su a lengua programática, pero bastante mas entendible que el que se ofrece en horizontes que solo el nanoclima sabe que quieren decir -“ir por todo” “revolución”, ”cuadros”, “los años 70”-). Luego Scioli, tal vez presidente, podrá decir que me larguen los perros, y diluir ese perfil. Pero hasta ese entonces podrá encolumnar detrás de ese sueño todas las inquietudes que son hijas de la época y de la didáctica política de Néstor y cristina, aunque no quepan en el formato intenso que prescribe el Kirchnerismo qua dogma. Scioli sabe que existen esas inquietudes y que su estilo de gobierno no las encarna pero su proyecto presidencial necesita interpelarlas.
Pero mucho más interesante que todo esto es un hecho a mi modo de ver oscuro: si este gandhismo de Scioli se propone bajo la forma de mandelismo no es solo por que el sudafricano es un referente más moderno. Sino porque parasita de la verdad que ayuda a encubrir y nos envuelve a todos en esa pus. Se alimenta de los efluvios en que se transforma una podredumbre enterrada, pero de ninguna manera liquidada. En la Argentina en que a 15 de cuadras del obelisco, en Victoria Station/ Constitución, somos todos mestizos, en la que la inclusión social se niega a los “negros que no quieren trabajar” (como si alguna vez en los últimos 50 años y en forma masiva, se les hubiese ofrecido trabajo digno), el discurso que es al de Mandela como el de Benetton al de Evo Morales, engloba la voluntad de creer de todos aquellos que sin decirlo saben/padecen o aprovechan culposamente el hecho de que el conflicto social se superpone con percepciones racializadas de los sujetos. Bebe de una de las verdades mas intensas y reprimidas de nuestra sociedad: un racismo que se practica de forma muda, pero milimetrada, en todo tipo de preferencias que disminuyen el puntaje de los sujetos conforme aumenta su melanina. En la del policía que se regula por portación de cara. En la del empleador que prefiere darle nivel a su local. En la asignación de gustos musicales. En el derecho de admisión a locales bailables. En la adjudicación de nacionalidad boliviana a todos los santiagueños, salteños, jujeños, cordobeses del norte y gran bonaerenses del sur que no tienen de bolivianos ni la cuarta generación ascendente y si mucho de las decenas de poblaciones originarias absorbidas en nuestro pretendido crisol de razas.
Los imaginarios sociales son como la atmosfera: solo se nota su peso cuando este se retira o varia y es inmenso. Al mismo tiempo son sutiles, como un tegumento invisible, pero denso que trama la continuidad entre todo aquello que es objeto en la vida cotidiana y las verdades últimas en las que creemos. Los imaginarios son la atmosfera por la cual, por ejemplo, la inconformidad ante la desgracias habla de un temple privilegiado. Ahí la política se conecta con la religión más allá y más acá de las burocracias celestiales y del ministerio del alma. El kirchnerismo se benefició de una finísima sintonía con ese nivel de la realidad cuando Néstor era como un médico en una batalla y se a pasaba obrando, a puteada limpia, para sacar del infierno a los millones que estaban entrampados en el desempleo y la miseria. Y también cuando Cristina pudo hacer Nación abriendo el centenario contra la hostilidad oportunista. Confundiendo sus consignas con estas, las verdaderas razones de su victoria efímera, el kirchnerismo abre el agujero por el que la operación sciolista se cuela en abrazo de gol con la Argentina subrepresentada de Luciano Chiconi y Martin Rodiguez.

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2 comentarios
  1. Lucas permalink

    Que alguien salga a reírse en público por esa comparación irrisoria! A Mujica lo comparan con Mandela. OK. Mandela decía: nosotros no dejamos las armas mientras ustedes también las tengan. Para comprar con Mandela, hace falta la lucha, la càarcel y la conversion que tiene puentes. Scioli es más bien una Pato Bullrich silencioso, más femenino y sin militancia. O bien, se lo puede comprar con Grondona, a la espera de la presidencia de la AFA. Las comparaciones que se me ocurren son un poco vernàculas…
    .

    • Era lo que trataba de hacer: o sea no me compro el verso. Pero veo las condiciones de su eficacia. No te parece que pueden llegar a creerle un poquito?. Disculpa la respuesta demorada!.

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